Miradas cruzadas

 

Sebastián Miquel y Kaloian Santos Cabrera

El fotógrafo argentino Sebastián Miquel expone su mirada sobre Cuba y el fotógrafo cubano Kaloian Santos Cabrera hace lo propio sobre Argentina. También se presentarán los libros Aluvión (Miquel), un trabajo documental que retrata la resistencia y la ocupación de las calles como territorio político y de disputa, y Cuba Viva (Santos Cabrera), el intento de captar en instantáneas el alma de una Cuba personal, hecha y compuesta por familia, amigos, transeúntes, sabores, héroes, credos y, sobre todo, amores.
La inauguración y presentación de libros será el 27 de septiembre a las 19hs y la muestra estará en exposición hasta el 8 de octubre.
 

 

La distancia que permite mirar de cerca

Por Cora Gamarnik

¿Cómo mira un fotógrafo cubano lo que sucede en la Argentina? ¿Qué recorta? ¿Qué le llama la atención? ¿En que se detiene?

Kaloian Santos Cabrera vino en el 2010 con una muestra de fotos sobre la identidad de Cuba a medio siglo del triunfo de la Revolución. Desde ese momento fotografía la realidad argentina. Su experiencia de vida en un país socialista le permite mirar nuestro país con ojos rebeldes. Sus fotos se detienen en detalles que muestran la explotación, la dignidad en la pobreza, la injusticia, la diversidad, la represión... Kaloian tiene la suficiente distancia como para mirar de cerca.

Su mirada habla tanto de Cuba como de Argentina, de todo lo que lo formó y conformó como fotógrafo. Como escribió hace tiempo Pierre Bourdieu “la fotografía más insignificante expresa, además de las intenciones explícitas de quien la ha tomado, el sistema de los esquemas de percepción, de pensamiento y de apreciación común a todo un grupo” (Bourdieu, 1989).

Esa mirada que combina cercanía y distancia le permite mirar lo cotidiano con una nueva curiosidad. La sociología ya nos lo explicó: a fuerza de repetirse las cosas se vuelven familiares y la familiaridad es enemiga del asombro y la crítica. Las cosas familiares son “autoexplicativas”, casi invisibles. Una mirada extrañada entonces permite hacer extraordinario lo cotidiano, evocarlo de manera que los otros vean hasta qué punto es extraordinario.

Las fotografías de Kaloian muestran también que se divierte mientras fotografía, que comparte un horizonte de familiaridad con lo que sucede en Argentina. Mira nuestro país en colores. Mira con ojos curiosos y sorprendidos un mundo con el que empatiza. El llanto de un hombre sin trabajo, la pasión argentina por el fútbol en ese muchacho del diente roto que levanta su bebé con la 10, la lucha por los derechos humanos en el rostro de Vera Jarach, los dos hombres que se besan públicamente. Juega con la ironía en la imagen del monumento de Evita de espaldas, con su rodete, en un juego visual que la contrapone a la Iglesia. Se divierte con el vendedor de choripanes y la Catedral de Buenos Aires como telón de fondo, muestra la sonrisa y la expresividad de sus manos.  Se detiene ante un carro hidrante rodeado de gases lacrimógenos dirigidos contra la población. Pero el encuadre nos muestra el escenario completo, el Congreso de la Nación y los móviles de la televisión detrás. En cada foto hay una decisión política, un ángulo original, un juego de imágenes.           En cada foto hay una toma de postura. El lector de Clarín vs los trabajadores de Astillero Río Santiago, la indiferencia vs el compromiso. La marea verde en Avellaneda desde el escenario en el que canta Silvio Rodríguez.

Hay una última foto en la que descubro profundamente la mirada cubana de Kaloian. Sucede en el subte de Buenos Aires.  El se para al lado de un nene pequeño que carga a su hermanita más pequeña aún a upa. El nene reparte unas tarjetas. Dos mujeres se las devuelven pero no lo miran. El nene tampoco las mira. El único que parece ver lo que sucede es el fotógrafo. El no puede permanecer indiferente. No puede no mirar. Me imagino su impotencia, su rabia. La misma rabia de la que habla Silvio en “Días y flores”: “la rabia simple del hombre silvestre, la rabia imperio asesino de niños, la rabia hijo zapato de tierra...”.

Veo compromiso y toma de posición en sus imágenes. No es una mirada desencantada ni ingenua. Es una mirada política de alguien que sabe que las cosas podrían ser distintas. Que podrían ser más justas.

 

La mirada de Sebastián Miquel

Por Julio César Guanche

La imagen del joven rebelde fue el más poderoso símbolo de la revolución del 59.

La narrativa del fusil ponía en primer plano el Ejército Rebelde, un ejército popular, al tiempo que dejaba fuera de foco la lucha del pueblo cubano a través de múltiples repertorios (militares, culturales, cívicos, gremiales, sindicales, etc.) para conseguir la victoria de 1959.

El mismo pueblo que había hecho la revolución del 59 fue fotografiado por Cartier-Bresson en el entierro de Benny Moré, el más grande músico popular de la historia de Cuba. Sin embargo, esas fotos no son tan conocidas como las de los “fusiles”, y rara vez se les pone en diálogo.

En esta muestra, Sebastián Miquel, que además de gran fotógrafo es también profesor de Ciencia Política, recupera esa relación.

Entre las fotos de Cartier-Bresson de 1963 hay una en que la que aparecen conversando con tranquilidad un joven rebelde, con fusil al brazo, con una elegante joven. Ambos sonríen, podría pensarse que flirtean. Entre las fotos de Sebastián Miquel hay una que recuerda aquella: dos jóvenes conversan tranquilamente. Ahora no tienen fusiles, son enfermeros. Ambos sonríen, también flirtean.

En la imagen de esos elegantes enfermeros, la medicina —sabemos— es un símbolo poderoso de la Cuba revolucionaria. Al mismo tiempo, el ojo de Miquel recoge unos músicos populares en algún bar, presumiblemente de los que hacen “sopa” para turistas en La Habana Vieja. La música —también lo sabemos— es el símbolo universal más potente de Cuba, un país que tiene un sistema de formación escolar en música de perfil universal, con matrícula gratuita y con calidad. Sin embargo, Miquel prefiere concentrarse en músicos “de la calle”.

Quizás se localiza en la lógica de esa foto la concepción que recorre la muestra de Miquel: explorar la noción de pueblo, las formas de gestación de la cultura popular, la fuente antropológica de la “alegría” del pueblo, y situar en la política, y no en algún atavismo nacional, la posibilidad de entender sus tragedias.

La mirada de Miquel complejiza cualquier noción de “buen entendimiento” en torno a la cultura y sobre el pueblo que la crea. Afirma también que el Estado socialista está detrás de los enfermeros que se enamoran en la foto, pero que asimismo está detrás de la mujer con peluca, con trazas inequívocas de cómo la pobreza y el hambre han asediado su cuerpo. Miquel parece creer que el Estado cubano es responsable por todos ellos.

Pero afirma también otra cosa: nosotros mismos, el pueblo de Cuba, somos responsable por todos ellos. Sus fotos trituran cualquier estereotipo entre lo que se supone que es y lo que podría ser. Nos interpela contra la exclusión que ya habita en la representación. Grita que en Cuba necesitamos una nueva política hacia la diferencia, como en esa foto en la que la raíz se anuda en la pared, y le impide, atónitamente, derrumbarse.

No hay victimismo en la mirada de Miquel. Es capaz de mostrar sin complejos la felicidad y de dejar sentado tajantemente que existen motivos para ello, como hace en la foto en que cuatro niños sonrientes comparten solo dos bicicletas, o en esa otra en que un muchacho salta hacia el mar de Cuba, que contiene muchas tragedias, pero que también le ofrece la seguridad de que tendrá fondo para su caída.

Hay también mucha esperanza revolucionaria, sin miedo a llamarla por su nombre, en el denuedo con que un trabajador sin camisa rehace una pared vencida por múltiples huellas, tratando de hacerla renacer. Una prueba de qué debe hacer un pueblo con su historia y una metáfora de que es posible hacerlo.

Muestras Anteriores