Robert Frank, diario de un encuentro

Daniel Merle

Entrevista a Robert Frank publicada originalmente en el Blog de Daniel Merle: http://bit.ly/2lOSZqf

Un diario de viaje escrito sobre esta nota está incluido en el libro "MALA MEMORIA / Diario de un fotógrafo" (presentado en Buenos Aires Photo).

www.danielmerle.com

Miércoles 25 de julio de 2007. Son las tres de la tarde y llego caminando por Bleecker Street desde el oeste. Estoy frente a la puerta verde cuya única inscripción es el número 7.

A mi izquierda, garabateado con marcador sobre el portero eléctrico dice: “Correo: toque el timbre y pase la correspondencia por debajo de la puerta, o golpee fuerte en el medio de la puerta”. Lo hago, tres veces. Nadie contesta. De repente, se abre una cortina metálica del sótano a mi izquierda y reconozco la cara de June, artista plástica y esposa de Robert Frank desde 1975, que me invita a pasar. Bajo dos escalones y puedo ver a Frank que está acostado en una cama junto a la ventana que da a la calle. Hace calor. Trata de incorporarse pero lo logra apenas. Entro al cuarto y lo veo por primera vez de cuerpo entero: se ha sentado en la cama y tiene frente suyo una vieja máquina de escribir sobre una mesita.

La cama está llena de libros, revistas, una cartera de mujer, las sábanas revueltas. Está vestido con camisa y pantalón, el cinturón desabrochado. Su desaliño coincide con el resto del ambiente. Es cierto que nunca le ha interesado ni la pulcritud personal ni el orden o la limpieza en los lugares donde vive. Pero no puedo observar mucho más por la cantidad inmensa de objetos que me rodean. Me concentro en su cara cansada y agobiada por el calor de la tarde. Lo veo triste, un poco desorientado. Tiene ahora 83 años. Estoy frente a la última leyenda viviente de la fotografía mundial.

Ya no soy un outsider. No quiero tener nada que ver con el establishment. No tengo muchos amigos. Todos los amigos de la beat generation se han ido ya. Y cuando uno se vuelve viejo se da cuenta de que más que ser marginal en realidad uno está solo.

La gente no tiene tiempo. Incluso yo no tengo tiempo. No tengo la paciencia para escuchar a otra gente. No conozco gente joven. Encuentro que vivir en esta hermosa ciudad es suficiente para mí. Tengo la energía necesaria para vivir aquí, con la ayuda de June.

Todo cambia cuando uno se vuelve viejo. El paisaje cambia. Y uno se da cuenta cuando el deterioro físico comienza. Esa es la señal.

Nunca creí en hacer arte como fotógrafo. Me parece un gran error decir A R T E en letras mayúsculas. Yo creo que hacía buena fotografía de acuerdo con mi propia visión. Tal vez es muy difícil llegar a tener una clara visión como fotógrafo. Hoy la gente es más inventiva. Hay más fotógrafos persistiendo en diferentes formas de fotografía. Paisajes, retratos, ciudades. No me gustaría empezar otra vez. No creo que pudiera fotografiar la ciudad como lo hice en los años cincuenta. Ahora fotografío con esa cámara (señala una Lomo, una cámara de plástico de muy bajo costo, sobre su mesa de luz). Es una clase de entretenimiento para mí. Tengo que hacer algo para pasar el tiempo. Viajo mucho y siempre llevo esta pequeña cámara de plástico conmigo. Fotografío en blanco y negro. A veces en color. Voy a una casa de fotografía cerca de aquí y encargo copias de contacto. A veces marco una o dos y las copio más grandes.

Mi primera cámara fue una Rolleiflex y comencé a fotografiar todo aquello que me interesaba. Cosas muy aburridas, la cosecha de la uva, animales, cerdos principalmente, actividades del campo, cosas muy simples. No lo hacía por encargo sino para mí mismo. Después conseguí un trabajo en una gran compañía fotográfica a través de mi padre, pero era algo muy mecánico, una cadena de producción. Solo duré dos días en ese trabajo. Entonces mi padre me dijo: “Es muy bueno que quieras ser un fotógrafo, pero vas a tener que pensar en algo más para ganarte la vida”. Las chances de vivir de la fotografía en aquellos tiempos eran muy pocas. Y además estaba la guerra. Suiza estaba aislada. Fui a Ginebra. De casualidad encontré a un hombre, en el mercado, que me dijo que era fotógrafo. Era un hombre extraordinario. Me dijo: a veces necesito alguna ayuda en mi trabajo. ¿Podrías ser mi asistente? Yo dije: sí, claro. Él miraba mi motocicleta, estaba muy interesado en la motocicleta que tenía en ese entonces. Yo fui siempre muy afortunado con la gente.

No estaba muy interesado en hacer historias fotográficas como las que se publicaban en la revista Life. Aunque hubo algunas muy buenas como las de Eugene Smith. Yo estaba interesado solamente en mis fotos. Y Los Americanos me permitió expresar lo que yo veía del pueblo americano. Tenía algo así como una mirada virgen. Una mirada fresca abierta a las sorpresas. Viajé por todo el país y cada cosa que veía me sorprendía. Fueron buenos tiempos. Yo no era una persona sofisticada pero sabía que era un fotógrafo. No estaba impulsado por nada intelectual. Me guiaba la intuición y las experiencias durante el viaje. Había gente que era absolutamente nueva para mí. Por ejemplo: la gente de color.

Robert Frank por Daniel Merle

A finales de julio de este año y durante tres días, tuve la oportunidad de entrevistar a Robert Frank en su estudio de la calle Bleecker en Nueva York. Ahora que han pasado algunas semanas desde aquel encuentro, puedo medir con alguna exactitud cuál fue el impulso que me llevó a intentar esa entrevista a pesar de las evasivas del fotógrafo para concretar ese encuentro.

La mediación desinteresada de Leila Makarius (curadora, junto a Jorge Cometti, de la muestra que se inaugura hoy en el Museo Fernández Blanco) fue el disparador. Pero en verdad la energía que me llevó a sentarme junto a él y empezar a conversar una tarde calurosa de verano, vino de un momento casi perdido en mi juventud: la primera vez que tuve en mis manos un ejemplar de The Americans. Yo no era un fotógrafo formado todavía, aunque ya hacía algún trabajo en periodismo aquí y allá como para ganarme la vida.

Ese libro casi no tenía palabras. Solo un prólogo de Jack Kerouac que no pude leer por que no entendía inglés. Ochenta y tres imágenes en blanco y negro, de a una por página dispuestas con extrema sencillez. Nunca había visto fotografías como esas. Eran muy desprolijas en su factura, pero la clara disposición temática comenzando cada capítulo con una bandera de los Estados Unidos formaba un conjunto compacto, elocuente: era el retrato despiadado, entre cínico y tierno al mismo tiempo de la sociedad norteamericana de fines de los años cincuenta.

Varias generaciones de fotógrafos han experimentado la misma sensación que yo tuve hace treinta años, y lo siguen haciendo aún hoy. Mientras tanto, Frank ya había dejado de lado la fotografía y comenzaba un largo camino de experimentación visual atravesado varias veces por la tragedia personal (perdió a sus dos hijos, Andrea en 1974 y Pablo en 1994) que lo convertirían en una leyenda viviente. Un artista que no se reconoce como tal y que elude todo encasillamiento, un outsiderque hoy, concluye sabiamente que esa vocación marginal se ha transformado, sobre el final de su vida, en un sentimiento de soledad a pesar de ser aclamado en el mundo entero como uno de los grandes maestros de la fotografía del siglo XX.

Mi temprano encuentro con la obra de Frank, se une en un arco a través del tiempo a este otro, con el hombre ya viejo que vi frente a mí, sentado en una butaca destartalada. La mirada triste y esquiva, su proverbial desaliño personal, la compañía de su querida esposa June Leaf, los recuerdos de toda su vida.

En 1948, luego de sus viajes por Europa y América del Sur, Frank hizo un pequeño libro titulado Black, White and Things. Hizo solo tres ejemplares en ese entonces. El único texto, a modo de epígrafe era la famosa frase de El Principito, de Saint Exupery: “Lo esencial es invisible a los ojos”

Estoy sentado frente a mi pantalla escribiendo estas palabras y recordando lo que nunca olvidaré, los tres emotivos encuentros con Robert Frank. Me doy cuenta que ese hombre ha transitado su vida buscando un imposible: hacer visible lo esencial.